Thursday, 9 October 2014

Voyage, Voyage




Hace ya tres años tome la determinación de dejar mi tierrita – con lagrimeada y demás – para buscar un mejor futuro en tierras lejanas.  Mi esposo (holandés) sugirió que para evitar la barrera del idioma eligiéramos como nuevo destino Reino Unido, por la cosa de que los dos dominábamos el inglés y era más sencillo socializar o poder comunicarse en caso de una emergencia; aunque nunca había pensado en radicarme en Reino Unido anteriormente, el pensar en llegar a un país con un idioma totalmente extraño con dos chiquitines y la imagen horrible de tener que llevarlos a un hospital y no entender ni papa me convenció en un dos por tres.



Y comencé mi odisea, me despedí de mi madre, amigos cercanos y regale cuanto motete, sartén, cucharon o mueble tenía en posesión; solo cargue cuatro maletas, de las cuales 2 estaban llenas a mas no poder de juguetes y pañales!   Deje mi trabajo – mi profesión -, en el cual me sentía orgullosa y feliz de poder hacer parte de un gran número de proyectos importantes para el desarrollo de mi región; mi jefe (y gran amigo), con mirada nostálgica y sin creer que mi partida era definitiva, me despidió con un gran abrazo y con firmes palabras expresando su seguridad en mi regreso y de que a pesar de la distancia seguiríamos trabajando juntos hasta el momento en que yo decidiera regresar. 

El viaje fue horrible, no le recomiendo a nadie un viaje en avión de más de 24 horas con un niño de 3 años y un bebé de 3 meses, en especial cuando debes cambiar de avión y esperar en inmensos aeropuertos buscando como entretener a tu hijo que se tira en el piso porque no quiere caminar más y lograr llegar a tiempo a la fila para poder abordar el siguiente vuelo… madre mía que fue toda una aventura!  Además de sentir la mirada disgustada de los demás pasajeros que no pueden dormir porque tú bebe ha entrado en una de sus raras escenas de berrinches donde es imposible callar el llanto.  Cuando por fin llegue a mi destino final en Londres, me encontré con una gran ciudad, encantadora pero gris y lluviosa; no estaba preparada para ese golpe tan frio, mis manos se entumecían bajo el golpe de las gotas de lluvia helada, como si pequeños pedacitos de hielo cayeran del cielo golpeando mi abrigo que definitivamente no era el ideal para caminar bajo lluvias heladas. 

De Londres viajamos en Tren a Edimburgo, donde mi esposo tenía acordado su nuevo trabajo, como los niños estaban aún pequeños y estábamos recién llegados acordamos que yo me quedaría en casa – trabajando aun “freelance” para mi oficina en Colombia –; quede sorprendida ante la amabilidad de la gente y la arquitectura e historia que rodea a la ciudad dándole ese típico toque místico de las ciudades europeas donde es posible trasladarse a siglos pasados sintiendo que has viajado en el tiempo.  Aun así, teniendo tanta belleza arquitectónica, unos paisajes naturales de ensueño y una población amable y dispuesta a ayudar me sentí tan poca cosa y tan miserable que pasaba muchas horas cubierta en lágrimas extrañando aquel país donde todo es tan difícil y complicado pero donde el sol sale todos los días a diferencia de mi nuevo hogar donde el sol sale muy rara vez. 



Aclaro, no está en mis planes (actuales) regresar, mi nuevo hogar tiene tantas ventajas para mí y en especial para mis hijos que no titubeo cuando alguien me pregunta si me quiero regresar.  La respuesta es un NO rotundo.  Aunque me ha costado adaptarme al clima y al estilo de vida, aunque de mi salario (si he conseguido trabajo después de 2 años de estar acá) me quiten aproximadamente un 20%, recibo más de lo que puedo imaginar.  La escuela y la salud de mis hijos es gratuita sin importar cuanto ganes, recibo ayuda mensual para los gastos de guarderías de los niños, recibo mensual una especie de “mesada” para los gastos básicos de los niños y además en caso de quedar desempleado o tener problemas financieros es posible vivir en una casa del gobierno pagando una mínima cantidad como canon de arriendo – casas de envidiar, no tienen nada de diferencia con una casa que arrendarías a precio normal. – Pero (siempre hay un pero no?) es difícil, se extrañan las cosas que jamás imaginarias que extrañarías, el mote de guineo que alguna vez me canso por ser el desayuno de todos los días, los huevos pericos con cebolla y tomate picado, el jugo de maracuyá, los fritos, los buñuelos, las arepas e’ huevo, la Pony Malta y unos buenos snacky, las papitas margaritas y las mazorcas desgranadas, un buen sancocho de costilla con aguacate, una bandeja paisa, un ajiaco, una limonada de coco, el olor de las frutas cuando pasa el de la carretilla vendiéndolas en la calle, el grito de peeeeeto y los pregoneros del arroz con leche y la morcilla, eso y tantas otras cosas más de mi tierra y mi gente, gente abierta, sencilla y sonriente.



Soy feliz, no lo niego, mis hijos gozan de amplios espacios verdes donde pueden encontrarse con la naturaleza y tienen a su alcance un sistema educativo excelente con la posibilidad de acceder a educación superior para forjar un futuro; hay estabilidad económica (por el momento) y la calidad de vida es muy superior a la de mi país, por muy triste que suene, con la seguridad de tener un techo sobre nuestras cabezas aún en las situaciones económicas difíciles.  Aunque soy feliz no deja de picarme el bichito que desearía que todo eso que me hace feliz fuera posible en mi tierra, como sería de maravilloso obtener los beneficios que menciono y a eso poderle agregar todas esas maravillas con las que crecí, poder levantarme cada día con la felicidad de sentir esa brisa marina y poder escuchar un: eche nojoda! Bien echado.  Extraño sentir mi esencia en su hábitat de jocosidad y alegría y poderme reír a carcajadas de un chiste huesero pero con sazón.

Creería que muchos se sentirían identificados con mi experiencia o a lo mejor pensarán que estoy loca e inconforme; yo solo sé que a pesar que el dicho va “nadie es profeta en su tierra”  tampoco es seguro que lo será en tierra ajena y por mas apariencia y por más que se reniegue el terruño duele y nunca deja de vivir en nuestra esencia, por algo es que se puede sacar al indio del monte pero jamás lograrás sacar al monte del indio!

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